Besos de amor – Lilian Darcy

Besos de amor - Lilian Darcy

Besos de amor – Lilian Darcy

El ranchero Grayson McCall se había casado con Jill Brown, una joven madre
soltera a la que quería ayudar a salir de una situación desesperada. Aunque habían
compartido un beso, no volverían a verse jamás.
Ahora Jill y su pequeño acababan de llegar a Montana otra vez en busca de
ayuda. Necesitaba que Grayson le hiciera otro favor… que se divorciara de ella.
Pero cuando se besaron de nuevo, los besos fueron más largos y apasionados.
¿Dejaría marchar Grayson a su bella esposa, o le pediría que se quedara con él más
de una noche?

Prólogo
Jill ni siquiera sabía su nombre. Las capas de tul del vestido de novia
de rozaban la pierna del hombre, que estaba mirándola con unos ojos negros en los que
se reflejaban las luces multicolores de la sala.
—¿Tú crees que hacemos bien? —le preguntó en voz baja, con un acento de
Montana.
—Sí —asintió Jill.
—Pues antes no parecías contenta.
—Ya se me ha pasado.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? Podríamos marcharnos.
—No puedo irme. Estoy sustituyendo a una compañera y si no lo hago, ella
perdería su trabajo. Por lo visto, el maratón está en el contrato.
—Ah, entiendo —asintió el hombre.
—Estoy bien, de verdad —murmuró ella.
Pero no lo estaba. Odiaba Las Vegas y echaba de menos a su hijo, que estaba a
miles de kilómetros, en Pensilvania.
Jill había conseguido interpretar el papel de Cenicienta en el espectáculo sobre
hielo que hacía gira por todo el país, sustituyendo a la protagonista, que estaba
enferma. Era el papel que siempre había soñado, pero el contrato incluía ciertas
condiciones.
En el salón de baile del casino había fotógrafos, cámaras de televisión y
extraños mirándola con expresión de deseo. Y el maestro de ceremonias la llamaba
«nuestra Cenicienta sobre hielo», animando a los hombres para que pujasen por ella. Y
lo hicieron. Con la cara abotargada, borrachos la mayoría de ellos.
Pero no aquel hombre, el que ganó la «subasta« por quinientos dólares. Había algo
muy equilibrado en él. Sus ojos oscuros, su presencia, sus atenciones. Y cuando se

pusieron uno al lado del otro, dispuestos a interpretar la charada de la boda, él apretó
su mano para darle ánimos.
El cartel de neón la cegaba: Maratón de Cenicienta, decía. Gana la carroza, el
palacio, la luna de miel…¡y a la novia¡
—¿Preparados? —preguntó un hombre vestido como un paje del siglo dieciocho,
con peluca llena de bucles, calzones de raso y chaleco bordado.
Por primera vez, el público quedó en silencio. Las otras parejas estaban
esperando y el maestro de ceremonias empezó a lanzar un discurso que Jill apenas
escuchaba.
—…de cada una de estas bodas… la pareja que más tiempo esté casada… los
ganadores se llevaran todo.
Había una bola de espejo sobre sus cabezas y la orquesta empezó a tocar una
canción romántica mientras las cámaras se acercaban.
—Grayson James McCall, ¿quieres a Jillian Anne Chaloner Brown como esposa,
para amarla y honrarla hasta que la muerte los separe?
Grayson McCall. Ese era su nombre. Jill levantó la cabeza y sus ojos se
encontraron.
Y aunque sabía que no tenía sentido, que era una charada, de repente se le
encogió el corazón.
Mirar aquellos ojos era como sentirse envuelta en una capa de terciopelo negro.
¿Y si pronunciase las palabras de verdad, si no fuera parte de un espectáculo
televisivo?
—Sí, quiero.
Tenía la voz ronca, profunda. Y lo había dicho sin dejar de mirarla a los ojos.
Fue un momento que Jill no olvidaría jamás.

Capítulo 1
—Sam estaba enfermo.
Jill había empezado a sospecharlo antes de que el viejo coche de alquiler los
dejara tirados a 10 kilómetros de su destino. En aquel momento, sentada con Sam en
el asiento trasero de un viejo Cadillac, estaba completamente segura.
—No has terminado el cuento, mamá —gimoteó el niño.
Él nunca gimoteaba. A menos que estuviera realmente enfermo. Jill le puso una
mano en la frente; estaba ardiendo.
—Sí la he terminado, cielo —murmuró, abrazándolo.
—Pero no has dicho lo de «vivieron felices y comieron perdices».
Eso era verdad. No lo había dicho y todo el mundo sabe que los cuentos de hadas
terminan así.
Jill dejó escapar un suspiro.
Lo que acababa de narrarle no era un cuento de hadas. Simplemente, intentaba
explicarle a un niño de cuatro años por qué habían ido en tren desde Pensilvania hasta

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*