La Casa De Las Fantasías – Kristi Gold

La Casa De Las Fantasías - Kristi Gold

La Casa De Las Fantasías – Kristi Gold

La diseñadora de interiores Selene Winston estaba allí para arreglar la vieja
mansión, no para acostarse con su guapísimo jefe. Sin embargo, no podía
dejar de soñar con el introvertido Adrien Morell… Pronto se dio cuenta de que
había quedado atrapada en el poder magnético de Adrien. Pero él no estaba
dispuesto a salir de las sombras para estar con ella.
Si quería algo más que un amante, tendría que domar a aquella bestia…
en el dormitorio

Capitulo Uno
Maison de Minuit. Casa de la Medianoche.
El nombre en sí no parecía precisamente un buen augurio, pero la imponente plantación
de Louisiana simbolizaba para Selene Albright Winston el primer paso serio hacia la
libertad.
Armándose de valor, Selene bajó del coche y recorrió con pasos titubeantes el sendero de
losas de piedra que llevaba hasta el porche. Ni siquiera el susurro del viento al mecer
lánguidamente las hojas de los árboles ni el canto esporádico de alguna cigarra lograba
interrumpir el inquietante silencio que envolvía el lugar. Festones alargados de musgo
negro colgaban de los robles centenarios, de ramas retorcidas que crecían en el jardín
como siniestros centinelas con el aparente objetivo de ahuyentar a los intrusos. El césped
estaba crecido y salpicado de malas hierbas, y en los parterres que bordeaban el jardín no
había flores, sino arbustos marchitos. Era evidente que el lugar había visto mejores tiempos.
Selene se detuvo a unos metros del porche para estudiar el edificio que también parecía
abandonado. La fachada amarillo pálido de la mansión, inspirada en el estilo dórico del
arte griego clásico, mostraba señales inequívocas de envejecimiento, y lo mismo era el
caso de las contraventanas y las seis enormes columnas dóricas que soportaban la
estructura del espectacular edificio, todas ellas pintadas de negro. Selene supuso que el
interior estaría en mejores condiciones, ya que en caso contrario ni siquiera el más curioso
se atrevería a entrar en aquel lugar. De hecho, su primera reacción fue dar media vuelta y
largarse de allí cuanto antes. Pero no esta vez.
Cuando pisó el primer peldaño, la madera crujió bajo sus pies como si estuviera a punto
de partirse. Sin embargo, el repentino asalto a su psique resultó mucho más inquietante.
Ojos. Un par de ojos azules helados. Una mirada intensa.
Selene cerró la mente y los ojos hasta que la imagen desapareció, pero cuando pisó el
segundo peldaño, la visión regresó, dejándola sin respiración y sin confianza en sí misma.
No quería que eso sucediera. No quería volver a sentir lo que durante tantos años había
logrado mantener a raya.
Respiró profundamente y el escudo mental invisible que había creado hacía tantos años
para su propia protección no le falló cuando pisó el tercer y último escalón del porche.
Tras una ligera vacilación, dio unos golpes en la puerta negra desconchada y después se
alisó con la mano el vestido rojo entallado y sin mangas que llevaba. A pesar de que la
tela era ligera, tenía la sensación de estar cubierta por un abrigo de invierno en el
insoportable calor húmedo de las marismas de Louisiana. Llevaba el pelo recogido en una
coleta, que tampoco lograba aliviar el implacable calor del mes de junio.
Volvió a llamar, y poco después escuchó el sonido de pasos al otro lado de las inmensas
puertas de madera. No tenía ni idea de quién abriría la puerta, no sabía si sería amigo o
enemigo, o quizá incluso el propietario de los inquietantes ojos azules que se le habían
quedado clavados en la mente.

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