Otra identidad – Leslie Kelly

Otra identidad - Leslie Kelly

Otra identidad – Leslie Kelly

Aquel tipo decía tener una misión secreta, pero ella estaba dispuesta a darle
otra muy diferente…
Después de pasar un año investigando en el extranjero, el escritor de novelas
policíacas Jared Winchester se moría por algo de diversión. Por eso cuando recibió
aquella invitación a una fiesta de disfraces la primera noche de su llegada, decidió
acudir. Por una noche, se convertiría en el agente secreto Miles Stone. Lástima que
la fiesta ya hubiera tenido lugar un año antes… pero había una mujer que iba a
encontrar irresistible a aquel despistado agente secreto. Gwen Compton estaba
harta de no correr riesgos. Llevaba meses intentando convertir aquella vieja casa
encantada en un hotelito. Pero era Halloween, el hotel estaba preparado… y Gwen
también. Además, no tuvo que buscar mucho porque esa misma noche se encontró a
un guapísimo desconocido en su cocina.

Prólogo
Octubre, este año
Rosario Sánchez, de quince años, estaba destinada a ser la peor criada del
mundo. Odiaba fregar suelos, pasar la aspiradora y antes se clavaría una estaca en el
ojo que lavar los inodoros de otras personas. Hacía tiempo que soñaba con ser estilista
de pelo. «Me encantaría echarle un poco de lejía a la cabeza de Ángel Fuentes, para
que parezca la zorra que es», musitó.
Pero no. A Rosario no la esperaba un elegante salón de peluquería. Al acabar el
instituto, ocuparía el puesto que tenía en el negocio familiar de limpieza, como una
joven rica ocuparía su sitio en su presentación en sociedad. Pero ella no era rica.
Por lo general, la vida apestaba. Sin embargo, a veces su trabajo al salir del
instituto tenía gratificaciones. Como en ese momento. Estaba sentada en un ático de
Chicago propiedad de un escritor que había pasado el último año en el extranjero,
investigando algunos horribles asesinatos para el siguiente bestseller que pensaba
escribir. Estudió la foto de él que aparecía en el último libro que había publicado.
-Señor Winchester, es usted delicioso.
Era atractivo, aunque fuera viejo… por lo menos treinta años. Tenía pelo oscuro y
ojos del color del chocolate. Alto y misterioso, era un hombre capaz de hacer volar a
una mujer.
Miró alrededor y se encogió por dentro. El ático parecía haber sido el escenario
de una gran fiesta. Y así era. El mes anterior. La noche en que Manuel Díaz la dejó por
esa zorra de Ángel.
-Zorra -dijo en voz alta.
En algún momento, iba a tener que limpiar la casa. Pero todavía no. Su madre

confiaba en ella y, además, el dueño no iba a llegar hasta finales de enero… tres
meses. Disponía de tiempo.
Agarró el mando a distancia y se sentó para ver una hora de televisión. Pero
antes de que pudiera poner su programa favorito, oyó que se abría la puerta. Y estuvo
a punto de mojarse los pantalones.
« ¡El señor Winchester ya ha llegado!» -¿Rosario?
«Peor».
-¿Mamá? -gimió, un sonido que contenía tanto terror como consternación. Era
mucho peor que la llegada del dueño. Él, al menos, no le daría en la cabeza con un
monedero del tamaño de una maleta.
Una serie de invectivas, todo en español, salió de la boca de su madre. Rosario
conocía lo suficiente el idioma como para entender algunas palabras, las más amables
«perezosa» e «inútil».
Entonces la puerta volvió a abrirse y entró su abuela. La situación pasaba de peor
a catastrófica.
-¡El señor Winchester llega mañana! ¿Qué vamos a hacer?
Su madre sollozó en lo que a Rosario le pareció puro melodrama.
-Nos ponemos a trabajar ahora -espetó la abuela.
Rosario obedeció. Por fortuna, su madre no tardó en quedar absorta en quitar
manchas de cerveza de la moqueta como para olvidar gritarle.
Mientras de mala gana fregaba el suelo del despacho, encontró un montón de
sobres de aspecto polvoriento apoyados contra una pared. Varias cartas no abiertas se
habían caído del escritorio. Cartas que supuestamente Rosario tenía que enviar a la
empresa que se ocupaba de todo el correo del señor Winchester. Lo había olvidado.
Durante… unas semanas… seguro que nada más.
El matasellos indicaba que tenían un año de antigüedad.
Mientras las repasaba, pensó con celeridad, manteniendo a raya el pánico.
-Circulares de venta… eso está bien… oh, no, facturas. Pagadas ya -musitó al
tiempo que las echaba a la bolsa de la basura. Eso dejaba algunos sobres de aspecto
personal, incluyendo uno grande con la pegatina de un fuego fatuo. Quizá crea que es
para este Halloween -su voz exhibió una patética nota de esperanza.
-¿Qué haces?
-Algunas cartas se cayeron aquí -susurró. ¡La habían descubierto!
La abuela musitó un juramento de sonido perverso. Luego se acercó e inspeccionó
el correo. Movió la cabeza, suspiró y alzó la vista al cielo.
-Lo dejaremos en manos de Dios.
Sin embargo, debía de pensar que Dios ya tenía las manos demasiado ocupadas en
asuntos más importantes, porque dio la impresión de querer ayudarlo. Alargó el brazo
hacia el cubo que Rosario había estado empleando para limpiar el suelo, retiró una
esponja empapada de agua sucia. Aturdida, la observó pasarla por el exterior de los
sobres que quedaban.
-No sabrá cuándo llegaron -explicó la mujer mayor-. Se perdieron. Estropeadas

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