Seducción – Carole Mortimer

Seducción - Carole Mortimer

Seducción (1988)
Título Original: A rogue and a pirate (1987)
En Harmex: Pirata y seductor
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Julia 275
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Rogan McCord y Caitlin

Argumento:
Para Caitlin todo era de color de rosa.
Tenía un hogar feliz, una familia que la apoyaba y un amoroso prometido. El sábado se casaría con Graham y viviría feliz para siempre. Ese era su plan. Pero, cinco días antes de la boda, Rogan McCord irrumpió en su vida. “Cometes un gran error”, le dijo él cuando ella trató de resistir la atracción que surgió entre los dos. Pero, ¿no cometería un error más grave si se enamorara de un hombre que se burlaba del amor?

Capítulo 1
—¿Puedo acompañarla?
Caitlin parpadeó al mirar al hombre que se encontraba de pie junto a ella, con unos grandes ojos verdes que llamaban la atención por su brillo.
Le había visto entrar en el salón del elegante hotel. Todo el mundo había notado la presencia de aquel hombre, que había vacilado un momento en la puerta para mirar a los ocupantes de la habitación con una arrogancia que era casi insolente; después, había buscado con la mirada un sitio donde sentarse.
Ella reconoció con indiferencia su atractivo; su abundante mata de pelo negro, del que le caía un mechón sobre la frente; unos deslumbrantes ojos verdes, la nariz recta, una boca dura y unos rasgos firmes y arrogantes.
Lo que más le llamó la atención a Caitlin de aquel hombre fue su estatura, debía medir más de un metro noventa, era ancho de hombros y, debido a que llevaba unos pantalones negros ceñidos, pudo observar sus largas y musculosas piernas. Tal vez fue lo informal de su atuendo lo que más le sorprendió en aquel salón repleto de elegantes comensales, ya que su camisa blanca sin corbata y sus ajustados pantalones negros de algodón resaltaban en aquel ambiente.
Después de su análisis inicial, apartó la mirada; ¡jamás habría imaginado que él elegiría su mesa para sentarse! Ella y una mujer rubia sentada en la barra eran las únicas mujeres sin acompañante en el salón, y como la rubia se encontraba sentada entre dos hombres, tal vez no era sorprendente que ese desconocido hubiese elegido su mesa.
Caitlin asintió en silencio, y su sedosa cascada de cabello rubio le rozó los senos al mover la cabeza.
—De todas formas, estaba a punto de irme —le dijo cogiendo su bolso.
Él la cogió de la muñeca con suavidad.
—No permita que mi presencia la ahuyente —le suplicó.
De lejos, teniendo en cuenta su cuerpo esbelto y atlético, a Caitlin le había dado la impresión de que no tenía más de treinta años; pero de cerca, con el gesto de cinismo que se dibujaba en su rostro, pensó que debía tener unos treinta y cinco o treinta y seis años

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