Treinta días – Lilian Darcy

Treinta días - Lilian Darcy

Treinta días – Lilian Darcy

Qué ocurre cuando tres camareras de un pueblo costero australiano deciden
encontrar o evitar el amor durante un mes de entrenamiento militar de oficiales
australianos y estadounidenses? Courtney afirma que aquel curso es su oportunidad
de salir del pueblo y está empeñada en encontrar marido. Jen no está interesada en
el amor. Alice tampoco está buscando matrimonio, aunque Jen cree que, si alguien
merece tener un apasionado romance con un oficial, es Alice.
Tres mujeres… tres historias… ¡Te sorprenderá descubrir todo lo que puede
pasar en treinta días!

Capítulo 1
-Esto se está llenando muy rápido y al menos la mitad de los presentes va de
uniforme -informó Courtney a Jen y a Alice, con las mejillas sonrojadas y los ojos
brillantes-. Sabía que la nueva base militar merecería la pena. ¡Éste es mi billete para
salir del pueblo!
-Si quieres marcharte de Tidewater Bay, hay un autobús que va a Brisbane dos
veces al día -contestó Jen, no del todo en broma. Si alguna vez ella decidía marcharse
de Tidewater, lo haría por sus propios medios, no dependiendo de otros.
-Lo digo en serio -Courtney estaba entusiasmada-. Míralos. Estadounidenses y
australianos entrenando juntos. He leído en el periódico que la formación va a durar un
mes y, puesto que éste es el mejor bar del pueblo y está justo frente al mar, los
oficiales serán nuestros clientes durante todo un mes, lo que quiere decir que…
Dejó la frase sin terminar. Después se rió malévolamente, se colocó el
ajustadísimo suéter negro que llevaba y se ahuecó la melena rubia. Jen y Alice se
miraron la una a la otra y sonrieron. Courtney solía describirse a sí misma como
“ligeramente fresca, pero en el buen sentido”, y era una definición bastante fiel a la
realidad.
-¡Escuchad bien lo que os digo! Antes de un mes me casaré con un guapísimo
oficial de alto rango y me largaré del pueblo.
Era imposible no querer a Courtney, aunque a veces se le ocurrieran locuras
como aquélla.
Se marchó a atender una mesa y Jen y Alice procedieron a llenar sus bandejas
con las bebidas que les habían pedido. Todo el personal del bar estaba ocupado. Era
evidente que aquella iba a ser una noche de mucho trabajo. Jen miró a Alice de reojo y
se preguntó si tendría fuerzas para sobrellevarla.
Como de costumbre, Alice parecía estar bien, pero el cansancio se reflejaba en
sus ojos, y no era de extrañar, pues ya llevaba a sus espaldas todo un día de trabajo.
Los gemelos de Alice, los adorados sobrinos de Jen, tenían quince años y el hermano
mayor de Jen, Bruce, con el que Alice no había podido casarse, necesitaba muchos
cuidados.
-Tú eres la que necesita que un guapísimo oficial estadounidense te haga
perder la cabeza durante unos días, Alice -dijo Jen.
-¿Yo? -preguntó Alice, sorprendida-. ¿Te parece que no tengo ya suficientes
cosas que hacer?
-Pero no tienes suficiente… -Jen trató de encontrar la palabra. ¿Diversión?
¿Emociones?-. Bueno, te falta algo.
Alice se encogió de hombros como si estuviera disculpándose.
-Creo que no estoy de acuerdo contigo.
-Dime algo que tengas que sea sólo para ti.
Jen se preguntó cuántas mujeres habrían hecho lo que había hecho Alice. Hacía
dieciséis años, cuando estaba embarazada de dos meses y quedaban sólo unas semanas
para su esperada boda con Bruce, él había tenido aquel terrible accidente de moto que
lo había dejado en una silla de ruedas. No podía hablar ni valerse por sí mismo. Sonreía
mucho, veía la televisión y observaba el mar, pero eso era todo. Alice nunca le había
dado la espalda.
Ahora estaba mirando a aquellos hombres.
Muy pensativa.
Los miraba con admiración.
Seguramente porque había mucho que admirar. Eran altos y delgados, o
fuertes, de pelo negro y ojos marrones, o rubios y de ojos azules. Las condecoraciones
brillaban en sus uniformes y el aire del bar estaba cargado de energía y de aquellas
voces que hablaban con acentos diferentes. Y de sus risas.
Alice miró a Jen enarcando una ceja.
-¿Tú crees?
-¡Desde luego! Claro que lo creo. Has renunciado a demasiadas cosas por mi
hermano. Sólo tienes treinta y seis años. Nadie te culparía si decidieras marcharte.
-¿Yo? ¡Por favor! Courtney está loca si cree que en un mes va a conseguir que
uno de esos oficiales se case con ella. Podrá llevársela a la cama en menos de dos
horas, eso seguro. Pero yo no tengo la intención de tener una aventura de una noche
con nadie.
-Magníficas últimas palabras, Jen -dijo Courtney acercándose a la barra.
Capítulo 2
-Parece un pueblo agradable -comentó el coronel Kieran Hayes al oficial
australiano que estaba haciendo de guía antes del ejercicio militar conjunto que iban a
llevar a cabo en la costa de Queensland.
Kieran tuvo que alzar la voz para que se le oyera por encima del ruido del bar.
Si hubiera sido por él, habría preferido comer al aire libre, en la amplia terraza que

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