Un hogar en el corazón – Leigh Michaels

Un hogar en el corazón - Leigh Michaels

Leigh Michaels – Un hogar en el corazón (10.09.1997)
Título Original: The Only Man for Maggie (1996)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Julia 872
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Karr Elliot y Maggie Rawlings

Argumento:
Karr era un gran hombre, pero Maggie no estaba interesada en él. Sólo quería su propio apartamento. Pero Karr Elliot había comprado la casa donde vivía Maggie, y quería echarla de su propiedad.
También quería desahuciar a sus amigos y vecinos, y había encandilado a todos ellos para que aceptaran sus condiciones. Serían necesarios algo más que unos brillantes ojos azules y una bonita voz para hacer que Maggie dejara su hogar…

Capítulo 1
MAGGIE Rawlings miró desde la ventanilla del taxi los arbustos que se extendían a ambos lados de la estrecha carretera y suspiró satisfecha. Un mes antes, cuando se había marchado, todavía era invierno. Ahora la primavera se extendía por el campo.
—¡Qué bien estar en casa! —dijo en voz baja.
El conductor miró de un lado a otro de la carretera, y le dirigió una mirada de asombro a través del retrovisor.
—¿Casa?, ¿qué casa?
Maggie sonrió. A pesar de estar tan sólo a un par de kilómetros de la ciudad más cercana, para un extraño aquel lugar debía estar en medio de la nada; sólo se veía un serpenteante camino sin casas y una verja de hierro forjado desvencijada.
—No parece gran cosa, ¿verdad? Es imposible ver la casa desde aquí fuera. Pero no entre. Déjeme aquí por favor.
El taxista paró.
—¿En esta verja? —le preguntó.
Maggie comenzó a recoger sus cosas: su maletín de piel, con el ordenador que siempre le acompañaba, su pequeña maleta y una caja con una pizza. Aguardó con la cartera en la mano, observando la entrada. Maggie comprendió el asombro del taxista. Hacía tiempo que la verja le era familiar. Ahora se daba cuenta de que el arco de hierro forjado estaba más doblado de lo que recordaba, y una de las hojas descolgada de su bisagra, caía como si un automóvil hubiera chocado contra ella. No conocía a nadie que hubiera visto aquella puerta bien colocada en su sitio. El hierro forjado estaba viejo, pero era sólido, y a pesar de los desperfectos le pareció precioso.
—Sí, en esta misma verja —afirmó, y salió nada más detenerse el vehículo. Se colgó del hombro la funda del ordenador, puso en el suelo la maleta, encima la pizza y sacó dinero de su cartera. Lo peor de vivir en Tierra del Águila era lo caro que resultaba llegar a casa desde el aeropuerto O’Hare.
El taxista miró a Maggie de arriba a abajo lentamente, paseando sus ojos por el cuerpo delgado y anguloso que se adivinaba bajo la ropa. A pesar de las arrugas de su chaqueta de tweed y de sus pantalones de lana después del largo viaje en avión, tenía un aspecto fuera de lo común.
—Me imaginaba que viviría en uno de esos modernos edificios de apartamentos —confesó el taxista—. Las mujeres como usted, con el estilo y el tipo de modelo que tiene, no se van a vivir al fin del mundo.
—Bueno, todos nos equivocamos de vez en cuando —le cortó Maggie secamente. Le pagó y añadió una propina.
El conductor contó el dinero lentamente.

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